viernes, 6 de febrero de 2015

EL QUE ENSEÑA APRENDE

Hoy fue el debut en mi clase de francés. Yo, como siempre, tenía cara de culo. En líneas generales no soy simpática a priori. Me cuestan los encuentros formales donde se dice lo que se tiene que decir: cuestiones de cursada o las típicas presentaciones de cada uno. ¿Qué quería decir yo de mí misma?, pensaba medio negada.  

En realidad no quería decir nada: el ser vivo con el que más interactúo es mi perra Lula Ludovica -que acompaña pero no habla-, y así cualquiera se aburre rápido de su Ser. 

Entonces, mientras otros se explayaron contando los proyectos de doctorados, aspiraciones científicas en el exterior y tradiciones francesas familiares, yo escamoteé: “Vengo acá porque tengo tiempo y ganas”. Cortito y al hilo, simple. No hubo repreguntas, ni risas cómplices. Logré mi objetivo.  

En realidad había una razón más profunda, algo que parece simple, pero no lo es: yo voy a francés porque quiero aprender. Parece una locura, pero los días previos a rendir los exámenes en la UBA me recuerdo poniendo música a todo volumen y bailando de felicidad (al margen, la danza es otra de las disciplinas que estoy aprendiendo -o perfeccionando, mejor dicho- porque en eso voy mejor que en idiomas).

La creación de ideas casi compulsivamente es de las sensaciones más felices que he experimentado en la vida. Aprender es vida.  

Pasó mi escueto turno, siguieron tres alumnos más y finalmente le tocó a Ailin, la profesora. “Ustedes no se desesperen si no me entienden. Cuando yo estudié francés en Francia me mandaron a un curso de sueco. Yo pasé por lo mismo que van a pasar ustedes, y además, me río mucho, no de ustedes, sino de las situaciones que se generan. Ver el esfuerzo que hacen para decir una frase o yo haciendo mímicas… Somos muy ridículos a veces, pero así y todo, no les voy a hablar en español.  Además yo soy paciente y tolerante para enseñar (bueno, espero espero)”.   

Ponerse en el lugar del otro, reírse de sí mismo, tener humor, ser tenaz , paciente y tolerante. Me pregunto cuántos jefes, profesores o gerentes de compañías han pensado en esto alguna vez. Porque si lo que buscan es el éxito, acá está la ecuación perfecta para cualquier aprendizaje.


Como si fuera un apunte más, anoté sus palabras en el margen del cuaderno, ese espacio de asteriscos clásicamente destinado a la asociación libre cuando la mente divaga. 


Sus palabras hicieron eco en mí. Y las vuelvo a re-escribir. Además, ahora, con una sonrisa.  

miércoles, 22 de octubre de 2014

Dejémosnos de joder con Tinelli


Marcelo Tinelli fue destacado como Personalidad Destacada de la Cultura por el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y un halo de sentido común ha invadido las críticas en las redes sociales. Responde a viejos conceptos naturalizados sobre lo que significa Tinelli, o lo que ha significado. 

Por eso, para no seguir reproduciendo cosas sin contextualizar, he aquí un punteo de mi opinión, para que además vean que no detesto el tinellismo (por si a alguien le importa, ji).

1) Marcelo Tinelli es cultura. Forma parte de la cultura de masas, o de la vieja cultura de masas. La tele es cultura. 

2) Tinelli ya no hace con las mujeres las barbaridades que hacía antes. En la Tv pública tambien hay mujeres muy bellas mostrando piernas, escote y culo. Lo bien que hacen si se les antoja hacerlo. 

3) Macri premió un concepto de cultura que él considera correcto porque él tiene el poder de decir qué es y que no es cultura. Por eso tambien puso a Violetta en el Planetario. 

4) Lo que hace Tinelli no debería escandalizar a nadie porque no hace nada escandaloso ni rupturista. Tinelli hace 25 años que hace un tinellismo que hoy debería ya pasar desapercibido si no fuera porque Canal 13 tiene una superestructura que lo banca. 


5) Peor que Tinelli es lo que hace Guapas con la política. Eso es más sutil. Tinelli también hace política, claro, pero se le nota a leguas.  

viernes, 5 de septiembre de 2014

Yo conozco a Cerati

Murió Cerati después 4 años en coma. En algunos de nosotros flotaba la sensación de que esos años podían ser muchos años más, como si el tiempo se hubiera detenido en él o para él.

El final de eso, queríamos creer, sería un lumínico despertar. Algo así como un milagro. Y entonces vendría la fiesta, porque no sería un final sino un nuevo comienzo. Pero no fue así. 

Hoy llegó el día en el que me vi a mí misma yendo al cementerio con una flor en la mano y en el que vi a otros tantos iguales a mí.

Este día entendí que no importaba si la agonía había sido de 4 años, de tres o de un minuto. O si el tiempo había podía precaver a algunas almas atentas. Esta vez el final no fue un nuevo comienzo. El final fue EL final.  

Dirán que habrá un más allá. Yo también lo creo. Pero acá, en nuestra existencia... Acá,  arrojados en este mundo del que poco entendemos, lo que duele es el punto.

Porque al nacer y al morir no les cabe las categorías del tiempo. 
Uno muere y listo. 
Nadie se pregunta cuánto tardamos en hacerlo (¿o acaso alguien puede determinar el instante exacto de un “nacimiento”? Y aún más: si pudiéramos saberlo tampoco importaría demasiado. Es la magia del acto lo que adquiere valor, lo que merece su alegría o su angustia.


La muerte duele aún sabiéndonos mortales.  Y esta vez, como dijo Pergolini, no murió cualquiera. Vivirá en su música, quizás. ¿Es allí donde está su memoria?

Hay cosas para las que no tengo respuestas y aceptar eso me sienta un poco mejor. Es que, como dice, Mauricio Kartun: “No hay lugar más inanimado que las respuestas”. Luego, cita a González Tuñón.

“Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad/ Una calle que nadie conoce ni transita/ Sólo yo voy por ella con mi dolor desnudo/ Solo con el recuerdo de una mujer querida. Está en un puerto. ¿Está en un puerto? Yo he conocido un puerto. /Decir yo he conocido, es decir: Algo ha muerto".

Yo he conocido a Cerati, porque tengo dolor, porque lo vivo así, porque sus letras me duelen ahora
Pero mañana infinitas personas y hasta yo misma, podremos redescubrirlo y volver a decir lo mejor: "¡Yo lo conozco! Yo conozco a Gustavo Cerati".  





miércoles, 13 de agosto de 2014

Mientras el resto duerme, yo descanso.

Difícil tarea la de preguntarse por qué le gusta a uno tal o cual cosa, cuando, como leí alguna vez, el gusto es lo más involuntario que tiene el ser humano (muy a contramano de lo que aseguran algunas teorías sociológicas sobre este tema, pero ese es otro cantar).

Involuntario o no, la cuestión es que dentro de las preguntas por el gusto, hay una un asunto que gira en mi cabeza: me gusta la noche y por mucho tiempo no supe explicar el porqué.

Indagar en los sentimientos no es tarea fácil, pensar tampoco lo es. Pero el esfuerzo en preguntarme sobre este tema ha dado sus frutos. He aquí la respuesta: la noche, creo, funciona como un refugio.  

Creo que de noche, cuando todos duermen, el mundo se detiene en cierta forma (esto, agrego, explicaría también por qué odio con todas mis fuerzas las mañanas de gente corriendo al trabajo o lavando las veredas). El mundo se detiene o quizás se detiene parte de un mundo que me atormenta; el de los ruidos acelerados, el consumo, el flujo de información y los horarios, un ítem en el que me detendré especialmente. 




 Dirán que estoy loca (seguro que tienen razón), pero quien anda de noche sabe que en oscuridad permanente el tiempo parece el mismo, como si hubiera algo que quedara inmóvil (porque tiempo y movimiento van de la mano). El espacio, en consecuencia, tampoco es el mismo.

La noche da lugar a un lugar diferente, un lugar para el pensamiento, la soledad y la desconexión del hacer/deber, esa premisa tan culturalmente calada de que hay que producir, o "no perder el tiempo”. Básicamente (y esto es a favor de los trasnocheros), en la noche no se pierde tiempo, porque –como dije- corre de otro modo. El tiempo de noche es (casi) un tiempo improductivo y los que la amamos de ese modo nos orgullecemos de eso. 

La noche soy yo bailando; estudiando sin horarios, relajándome con copas; paseando a la perra sin correa, solitaria en su cuadra; mirando películas; leyendo ensayos; escribiendo. Nada de lo que me me disgusta está presente en mis noches. Y si alguna vez lo está, lo sufro sin padecer, en silencio, tranquila, en ese escondite de silencio y pausa que sólo ella me puede dar.

Mientras el resto duerme, yo descanso. 

p.d: días después de escribir esto, buceando en algunas revistas viejas encontré una frase de Dolina que resume todo esto a la perfección: "Cuando era chico le preguntaba a mi madre si faltaba mucho para la noche porque la noche era como una interrupción de la vida".

viernes, 12 de abril de 2013

Maltrato animal en el Instituto Pasteur



Estaba paseando a mi perra por el Parque Centenario cuando me sorprendieron los gritos, llantos, y ladridos de perros que venían del Hospital Pasteur, dependiente del Gobierno de la Ciudad. Me acerqué y vi esto. Además de notarse la falta de cuidado y estrés que estaban viviendo los animales, había mucho pero mucho olor a materia fecal acumulada de días o meses. Era inaguantable. Está todo muy sucio.

Entré para preguntar de qué iba la cosa y las respuestas que recibí fueron estas: "Tienen hasta aire acondicionado", "ah si... son cuatro perros nada más" y "están mejor que yo". Luego, la veterinaria de ellos me replicó: "¿qué querés que haga? ¿que los tenga acá conmigo?". Otra de las respuestas fue que no tenían más presupuesto. Y la peor, que estaban ahí por algo. "Algunos han mordido", me dijo la secretaria. O sea, les echaron la culpa de vaya a saber qué.



Además me dijeron que los voluntarios iban los fines de semana a re-socializarlos para darlos en adopción.  ¿Es esta la forma que encuentran para re-adaptarlos? Según pude saber, los voluntarios van los fines de semana a bañarlos, educarlos, y sacarlos a pasear, pero eso no tiene nada que ver con esto. 

Para cualquier mente coherente, es evidente que esa no es una forma sana de retener a los perros hasta que consigan hogar. Las jaulas son de 1 metro por 1.50.

Los animales forman parte del universo y no son menos que las plantas y los seres humanos. El hombre no tiene derecho a encerrarlos y maltratarlos de esta forma. Hay un perro que estaba todo acurrucado en la jaula. Y se escuchaba cómo otros rasguñaban las rejas.

sábado, 16 de febrero de 2013

Día de los In Love, no existís

El Día de los Enamorados sólo existe para cagarle la vida a los solteros. Porque... a ver: si ellos están en pareja y felices todos los días, ¿es necesario complotarse en masa para celebrarlo todos juntos y convertirlo en tema mundial? 
Perdón, pero yo banco a los débiles.

El año que viene, al Día de los in love se le tiene que sumar el Día de los Solteros. Entonces, mientras unos engordan con helados y bombones, y las flores se secan en la mesa, los otros se enfiestan en frente con tequila, porro, y de a muchos al mismo tiempo. 

Van a ver qué linda que es la ostentación de fiesta! 
Feliz Día. 

Vago aquel, vago yo


Publicado en Orillasur.com 

Un teatro crudo, jugado, cercano al espectador. Así es la apuesta de Yoska Lázaro, un dramaturgo y director español que se mete, una vez más, con problemáticas sociales de nuestro país. La exclusión, la moral, la política, y el poder se problematizan con cinco personajes y un contexto: la vida en el conurbano bonaerense durante la década del noventa.




Abasto. Sábado, 20.30 horas. En el subte, una madre pide monedas acurrucada con su bebé. Afuera, tres prostitutas compran cigarrillos sobre la calle Humahuaca; familias enteras salen del shopping con bolsas en mano, y otra –cuadras más adentro- come un asado en el patio de un lavadero de autos.

Desde allí, donde confluyen centros culturales, un shopping, balcones destrozados, mateadas en la vereda, torres nuevas, inmigrantes y nativos, la obra de teatro Vago nos apunta con varias preguntas:  ¿Qué une a los unos con los otros? En última instancia, ¿mis miedos, miserias, mi moral y mis pasiones, son tan diferentes a los de la puta, el chorro, el negro, o a los de aquel boliviano?



El director y dramaturgo de la obra, Yoska Lázaro, ensaya una posible respuesta: “Para nosotros todos son más o menos iguales. Por eso la estética del afiche es así: una sombra negra a la que no se le ve la cara”, señala. Y deja planteado el debate.

La obra se sitúa en el conurbano bonaerense durante la década del noventa.  Cinco habitantes de una casa sobreviven, como pueden, a la difícil cotidianeidad que les toca, marcada por el clientelismo político, la violencia y la exclusión.

La crudeza del relato golpea desde el comienzo. “Esta noche, hipócrita espectador, nuestro semejante, alguien, algún agrimensor progre se está garchando a su nene”,  dicen los actores parafraseando la novela Cámara Gesell, de Guillermo Saccomanno: porque en Vago, el público es testigo y partícipe a la vez.

“Yo trato de que el espectador no se esconda dentro de la oscuridad de la platea. Por momentos es observado y su juicio viene revertido por lo que le está pasando al ver esas escenas”, explica Lázaro. Acaso algo de eso sucede cuando, en medio de una escena, el espectador es cómplice de una mirada prohibida a la cola de una mujer que está siendo maltratada por su marido.

-En la obra hay un registro explícito de los códigos y del lenguaje de las clases populares. ¿Cómo fue el proceso de investigación para llegar a eso?

-Nosotros habíamos estado en contacto con la Secretaria de Derechos Humanos de Lomas de Zamora, y Alejandra del Groso, que trabaja en esa área, me fue articulando con gente que me ayudaba a seguir investigando. Estuvimos trabajando con los actores (compañía a Teatro a Tres Velas) como 16 meses, y sin saber exactamente lo que iba a resultar. Vimos películas y documentales, leímos libros y  hemos hablado con mucha gente. Al fin y al cabo, uno se da cuenta de que  los temores de unos son los mismos que los temores de los otros.

-Pasemos a los personajes.  Ellos no aparecen como pobres indefensos, bajo una mirada paternalista.

-No. Ellos saben de sus limitaciones y posibilidades y las explotan.  No hay una visión condescendiente. Cada uno tiene su espacio de acción y elije.  Y si uno se fija, todos someten a alguien ahí. Pero nadie es inocente de eso. Todos seducimos, accionamos y manipulamos cuando podemos.

-¿Cómo fue el trabajo con los actores?

-Investigamos, y a partir de eso cada uno iba presentando una opción de personaje. Los personajes van viviendo situaciones con textos que yo también voy planteando, y luego hacemos un recorte para significar lo que queremos. Pero están sus vidas y la vida de la obra antes que el guión. El texto es la huella de lo que fuimos haciendo.

 Antes de cerrar la charla, Lázaro interrumpe con una salvedad. “Las entrevistas por ahí me las hacen a mí, pero hay una realidad: sin mi productor, mi iluminador, mis asistentes, o mis actores,  nada es posible. Los actores son artesanos, conocen a los personajes más que yo, y debatimos todo”, destaca este director que no parece “uno más entre tantos iguales”.


*Lázaro nació en Alicante y en 2003 se instaló en Buenos Aires para estudiar teatro. Hace seis años dirige Teatro a Tres Velas y sus obras se han basado en problemáticas sociales e históricas del país.